domingo, 10 de febrero de 2013

Veinte minutos








Veinte minutos

Veinte minutos es el tiempo medio de un viaje en metro. Es el tiempo en que la chica sentada en el primer asiento a la derecha del segundo vagón aprendió a hacer barcos de papel. También es el tiempo que necesita la madre del chico del primer asiento del cuarto vagón para interrogar telefónicamente a su hijo y quedarse tranquila. Es el tiempo en que alguien le dará dos euros para comer al mendigo que está sentado en el suelo, al fondo del tren. Donación esta que nunca hará la chica que está sentada en el asiento más cercano a este último hombre ya que teme que se lo gaste en bebida, aunque ella esta noche se beberá veinte chupitos en veinte minutos y sobrevivirá a la hazaña.
El chico que está en el segundo asiento de la derecha del primer vagón, fuerte y guapo, está tremendamente preocupado porque anoche le bastaron veinte minutos para hacer el amor dos veces, si lo contamos por sus momentos de éxtasis y no por los de ella, claro. A la chica que está enfrente suyo le pasa más bien todo lo contrario y tendrá que releer tres veces en veinte minutos el mismo párrafo del libro que tiene en las manos ya que su mente no para de preguntarse porque volvió a invitar a su casa a ese chico que una vez tuvo un gatillazo con ella y que anoche tuvo otro.
El hombre sentado en el cuarto asiento a la izquierda del segundo vagón, mucho más centrado en su lectura de Hemingway,  dará a luz a un pensamiento con cierto carácter filosófico que solo sus cincuenta años de experiencia vital pueden concebir.
En esos mismos veinte minutos, la señora que acaba de entrar en el tercer vagón cambiará ligeramente su forma de pensar sobre los jóvenes de origen extranjero al cederle uno de estos su asiento. Este joven, por su parte, descubrirá en veinte minutos la idea que le faltaba para entender el funcionamiento de un motor de reacción, con lo que aprobará el examen que tendrá a media mañana.
Para ir concluyendo, os diré que el chico sentado en el suelo, entre los vagones segundo y tercero, necesitará de veinte minutos para armarse de valor y decidir declarase esta noche a la chica que le gusta, que si os interesa, le dirá que no.
Y para terminar, yo, que necesité de veinte minutos para escribir este cuento, te deseo felices próximos veinte minutos. 

martes, 4 de diciembre de 2012

Vencido pero vivo






Vencido pero vivo

Era un día de resaca, de esos en los que cuesta encenderse el siguiente cigarrillo. Había salido de casa porque su situación familiar le invitada a irse. Había paseado horas y ahora estaba sentado en una calle gris. Miraba sin alegría su reflejo en el agua oscura de un charco callejero, y entre el humo, pudo ver el retrato del que se sabe vencido pero vivo*. Se dibujó una sonrisa burlona y volvió a caminar.


*“del que se sabe vencido pero vivo”, canción “De paseo por la memoria”, disco “Humo de contrabando”, Sinkope. 

jueves, 18 de octubre de 2012

¿Donde marca el viento?




¿Donde marca el viento?

         El portazo fuerte, de la salida rencorosa de Beatriz, enfadada por no acompañarla con unos amigos remilgados, puso en acción su cuerpo. Sacó el paquete de cigarrillos que escondía detrás del retrete, la botella del bourbon de la caja de herramientas y se sentó en el minúsculo jardín de la parte trasera. Se tumbó en una hamaca de madera, abrió el albornoz y allí, en calzoncillos blancos y calcetines grises, miró el tejado de la casa.
         Ya no se atrevía a subir al tejado escalando por la fachada. Podía pedirle la escalera a Luis, el vecino del Chalet B, sacar la atornilladora y plantar en lo alto de su tejado la veleta con forma de galló, esa que compró hará seis años y que ahora se escondía entre fotos y posters de su juventud grunge, prisioneros por no casar con la decoración minimalista de la casa.
         ¿Y si la ponía? Beatriz ni se fijaría, solo la vería el vecino del Chalet D. Podría enfadarse. Ya le hicieron cambiar los toldos a Luis por ponerlos de un verde personal y no del naranja despótico de la urbanización. Podría protestar, y entonces “Bea” se enteraría, y miraría el tejado, y también se enfadaría.
         Se rellenó la copa. Alzó la botella  y la miro con esfuerzo, como si le pesara ver el cristal vacío. Se levantó y revolvió entre las ollas. Allí guardaba algo más de bourbon. Se relleno el vaso. Degustó la forma con la que el líquido caía. No llegó a pedirle hielos al frigorífico gigante. Se marchó. Se fue a casa a de Luis y le pidió la escalera.
         Volvió a tumbarse en la hamaca, con la copa en una mano y el cigarrillo en otra. La escalera, ahora apoyada en la fachada, le invitaba a cometer una locura. A “Bea” no le iba a gustar. También era su casa, pensó. Tenían que haberse ido a las montañas, lejos de la ciudad, con varias decenas de metros y una muralla de pinos que le separase del vecino más cercano.
         Apuró el vaso y, con el cigarrillo entre los labios, dejó caer el albornoz. Empuñando una atornilladora en la mano derecha y una veleta en la izquierda, subió al tejado. Sin miedo, sin vacilación, ebrio de una excitación juvenil olvidada, de una libertad que había descuidado, clavó allí ese gallo de hierro.
         Cuando llegó Beatriz, él estaba leyendo en la hamaca, en calzoncillos blancos y calcetines grises. La botella estaba abierta en el suelo. No le dolía ver el bourbon caer en el falso césped. Levantó con cuidado la esquina superior derecha de la página, arrastro con delicadeza el dedo por la hoja, como si fuera una piel dulce, y la giró cuando terminó el último renglón.
-     
- -    -      ¿Has puesto el puto gallo ese de mierda?

Levantó la cabeza, la miró, entre pena y desprecio, y la pidió el divorcio.
         

viernes, 17 de agosto de 2012

Entre la Puerta y la Pared





Entre la Puerta y la Pared

         Me llamaron a eso de las siete, que fuera a casa de David, que no había prisa pero que fuera, que teníamos que hablar de algo. Ya no lo recuerdo. Era alguna estupidez. Me masturbé, me duché y fui.
         Cuando llegue estaban allí David y Héctor, sentados en la terraza, en unas sillas de esas de varillas blancas y con telas de estampados cutres, herencia nefasta del gusto pésimo de la década pasada.
         Héctor gesticula de manera ostentosa, me fije, por casualidad, en su brazo. Ya no era el chico flacucho y enclenque del instituto. Nunca entendí porque David se llevaba bien con él, porqué no le robaba y maltrataba como hacía con otros.
La hermana de David, Lucía, estaba en el salón. Acababa de subir de la piscina. Se notaba el olor a cloro de su piel y la humedad de su bikini. La miré de arriba abajo, analizándola con detenimiento. Nunca he podido entender porque a Héctor le atraía tanto. Yo la veía excesivamente delgada, como una espiga; parecía endeble, que se fuera a romper.
-      Hola, “Miki”. – Se levantó y me besó en la mejilla.
Conteste de forma escueta y salí fuera. A beber cerveza en lata de marca Aurum y fumar tabaco Ámsterdam. Hablamos de lo que teníamos que hablar. No os puedo contar sobre qué, porque como ya os he dicho: no lo recuerdo.
No tardo mucho en aparecer. Arreglada. Bien peinada. Oliendo a alguna colonia cara que no supe reconocer. Por instinto mire a Héctor y por curiosidad morbosa, un segundo  después, mire a David. Los ojos de Héctor se notaron impresionados, cortados, tímidos; los de David, nerviosos, cortantes, agresivos; intentado acabar con esa situación lo antes posible.
Se hizo de noche, y Madrid se iluminaba bella en el Agosto agobiante. David colocaba algo de tabaco sobre el papel y Héctor jugueteaba con su mano nerviosa sobre él posa brazos de la silla.
-      Voy al baño. – Dijo.
Yo no le creí. Aunque eso es un sentimiento que reflexioné unos segundos después. Así que me levanté con alguna escusa barata. Pasé de la terraza al salón y fui hacía el baño con la cabeza excesivamente rígida, girando mis ojos de un lado a otro de forma impía.
La puerta del baño estaba abierta y la luz apagada. Un sonido de respiración acelerada y profunda atrajo mi atención hacia uno de los cuartos. Escondido en la seguridad del pasillo espié entre la puerta y la pared. Y le vi. Vi a Héctor con el pantalón medio bajado, acariciándose su miembro mientras restregaba su cara desencajada por las sabanas de Lucía. 

Volví a la terraza y no dije nada. Agarré la lata de cerveza con tranquilidad, inicié una conversación trivial y volví a mirar el cielo. Creo que dentro de tanto desprecio le envidié por conseguir lo que tanto quería.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un día Verde

Verde


Un Día Verde

         Un día verde es cuando te paras una vez más frente al reto de un papel en blanco. Miras a tu alrededor, ves el césped verde, firme, acariciado por los rubios cabellos del Sol, en clara armonía con el magnifico azul del cielo.
         La mesa sobre la que relajadamente reposa la pluma y el papel, ignorantes de los torbellinos de ideas que les acosan desde tu cabeza, es blanca, de hierro fundido, con esplendidas formas. Sobre las sillas, a juego con la mesa, unos cojines a rayas, de distintos tonos de verde, las hacen cómodas y atractivas.
         Las baldosas blancas que sostienen esta burbuja están rodeadas por las copas, llenas de verdor, de encinas, olivos y pinos. Sus hojas acarician con suavidad tú mundo, mecidas por la dulce brisa del tiempo.
         Todo esto ocurre, mientras tú, descalzo, vestido con unos pantalones cortos y una camisa blanca, sigues intentando dar salida a todos los sentimientos e ideas verdes que rugen en tu mente, tormentas que solo descargarán alguna gotas.
         Te enciendes un cigarro aliñado con marihuana. Observas las dulces formas que dibuja el humo al salir de tu boca. Ese color blanco y ese aroma verde, a tranquilidad, se unen a la maravilla que te rodea.
         Llega ella, vestida con un bikini negro, mojada por el agua de la piscina cuyo frescor puedes sentir. Se sienta sobre tus rodillas. ¿Qué haces?, pregunta. No arranco, contestas. Escribe algo en el papel. No lo puedes ver. Te besa, se acerca a tu oído y susurra: Empieza. Se va y ves sus suaves movimientos al caminar, lo sublime que es su cuerpo. Vuelves la vista al papel, pone: Un día verde es…


Foto de Klaudia Castillo Castro

viernes, 21 de octubre de 2011

El Techo y el Pintor

Cámbialo todo



El Techo y el Pintor

Hay un hombre en el suelo de su habitación. La mirada está perdida en ella, en el infinito, se escapa de las cadenas del techo. ¿Qué hará? ¿Dónde estará? ¿Quién la acompañará? ¿Se divertirá? ¿Llorará? No lo sabe, por eso sigue con la mirada en el infinito, en ella. Su cabeza no hace más que esperar hasta el estimulo de felicidad que llegué el próximo día que la vea. ¿La volverá a ver? ¿Desaparecerá?
Sigue con la mirada en el techo. No recuerda de qué color es porque no lo mira. No mira el techo aunque aparentemente estén allí fijos sus ojos. El mira a una chica. A alguien en quien reposar la cabeza y a quien poder abrazar cuando sus ojos se humedezcan. El mira al techo pero no lo ve. Ve una chica de preciosa mirada y dulce caminar.
Enciende un cigarro y el techo sigue ahí. Ojalá estuviera el cielo. Ojalá estuviera ella. El humo decora formas en el aire pero él tampoco las ve porque solo la ve a ella. Ve fotos y recuerdos cortos llenos de personalidad y sonrisas.
El techo le cierra. El techo le imposibilita. No le gusta el techo. Lo quiere dulce, lo quiere verde y brillante, lo quiere lleno de posibilidades y flores, para que la próxima vez que lo mire, el techo no esté allí. Allí, esté ella.
Se incorpora, coge su estuche de pinturas y pinta. Pinta el grito angustiando que sale de su alma abrazado por un par de rosas.
El mira el techo. El techo está ahí y él lo mira. Lo mira porque el techo es otro. Él la mira a ella.


martes, 31 de mayo de 2011

Casandra

Da, recoge y no pidas



Casandra

         Antes de empezar quiero advertirles: esta historia no se desarrolla en ninguna ciudad exótica, ni habla de la capa del César, de la espada del Cid o del urinario mágico de Oscar Wilde; ni siquiera habla del último vete tú a saber qué. Siempre me ha costado entender porqué la gente pierde su tiempo con estas cosas, si en ciudades reales, a la vuelta de su esquina, en el día a día de miles de personas corrientes, ocurren cosas que sí son dignas de ser escritas. Esta historia comienza en una ciudad tan corriente como Madrid en una noche tan corriente como cualquiera.



Soy una persona que no debería haber nacido, o al menos no en este mundo. Si me aprietas te diré, quizá, es que no he nacido para disfrutar de los placeres más básicos de la vida. No tengo muy desarrollados los sentidos del gusto y del olfato, como poco, por hambre y sin placer; mis ojos necesitaban gafas, aunque siempre uso lentillas; y pese a que oigo, no suelo prestar atención. En raras ocasiones disfruto plenamente del sexo y me suelo perder en la parafernalia social que lo precede.
Una interiorización excesiva de las letras de rock español han terminado de explotar mi lado más depresivo y mi tendencia al alcoholismo. Con solo unos veinte años de edad carezco ya de una esperanza de vida normal, dada mi fea y gustosa costumbre de beber y producir benceno con los cigarrillos.
Esta es solo mi historia, una cualquiera. Las habrá mejores, mas interesantes o más atractivas pero esta es la mía y es la que os cuento. Lo cuento porqué cambié.
He de confesar que el vodka y la marihuana se habían encontrado en mí cerebro y paseaba yo abrazado a la luna. En alguna calle de Malasaña alguien atrajo mí atención, una chica.
Era rubia, delgada y guapa. Las he visto más guapas aún, pero ella tenía algo especial que me atraía solo a mí, un algo desconocido mezcla de elegancia y de la clase.
Me obligué a presentarme con el único fin de conocer su voz. La saludé con la escusa de pedirle fuego para el cigarrillo que sostenía entre mis labios. Nos presentamos y mantuvimos una aparente trivial conversación. Su voz no hizo otra cosa que aumentar mí interés por ella, en su forma de actuar, de ver de pensar. Me cuesta expresar todo lo que me trasmitió. El tono era melodioso, su gestos divertidos y parecía que pudiera ser de esa poca gente que escapa del rutinario aparentar que la sociedad inculca.


         Me despedí y no volví a pensar en ella. Pasé una gran noche y me caí en el sueño mientras todo mí alrededor se movía.
         Pasaron un par de días, más o menos, hasta que ella se apareció en mis sueños. Al principio solo fue de pasada, con el tiempo su presencia se hacía cada vez más frecuente y cobraba mayor protagonismo. Pronto los sueños se convirtieron en insomnio y su recuerdo volaba alrededor de mí cabeza.
         La situación me preocupaba. Venden tanto por la televisión eso de que cualquiera puede ser un conductor agresivo, un maltratador o un miembro de Al-Qaeda, que pensé que quizá fuera yo un obseso perturbado necesitado de tratamiento.
         Decidí hacer un viaje para ver si me despejaba. Conseguí un vuelo a Nueva York para ese mismo fin de semana. Salía el jueves y volvía el domingo. Ya había estado allí en otras ocasiones y este solo fue un viaje para sentirme lejos. No tenía ni la presión de mi vida en Madrid, ni la obsesión del turista estándar de verlo todo y no sentir nada.
         Lo cierto es que el viaje surtió efecto, ya en el avión dormí seis horas. Quizá no sean muchas para alguien normal pero para el insomne en que me había convertido y estando en un avión eran todo un logro.
         No me metí prisa, ni me planteé objetivos excepto vivir solo. Parecerá extraño pero excepto algún choque en el hombro al caminar y lo necesario para comer, no hable con nadie en una ciudad de ocho millones y medio de personas. De hecho, hubo momentos en los que me hice pasar por mudo y simplemente señalaba el plato que quería en la carta.
         No obstante, está paz fue pasajera. A los pocos días de volver ella se metió de nuevo en mi relación con Morfeo. Una semana más tarde me volvió el insomnio.
         Llegado el momento, me cansé y abandoné mi lucha por el sueño. Decidí salir de fiesta. Fui a casa de un amigo en la zona de Plaza de España. Algunos bebieron un poco, yo, como siempre, en exceso. A eso de las dos, entramos en una discoteca de allí cerca. No es que estos sitios levanten mis pasiones pero me gustan muy de vez en cuando.
         Llevaba ya un rato en el local cuando me pareció ver un melena familiar. El corazón automáticamente se me contrajo. Me fije más detenidamente en esa chica, de espaldas, de pelo rubio. Ella giró la cabeza para hablar con alguien que había a su lado y la pude ver de perfil. No cabía duda: era ella.
Me acobardé. ¿Era realidad? Barajeé la posibilidad de ir corriendo a ver si la podía atravesar. Yo, que no tenía miedo de nadie, sentía como mis rodillas temblaban al verla. Me hubiera gustado que el mundo se hubiera parado unos segundos para poder respirar hondo y pensar, pero una enorme fuerza me obligo a ir donde ella bailaba.
Se dirigió hacía la barra y yo me coloqué a su lado. La saludé, me sonrió y estuvimos hablando un rato. Cuando se terminó la copa, me dijo que tenía que irse y yo la acompañe. Me despedí de mis amigos y salí con ella.
Subíamos la Gran Vía cuando me dijo:
-      Gracias por acompañarme.
-      De nada. Yo también me iba a ir. Estos sitios me agobian: el calor, la gente, la música tan alta…
-      ¿No te gusta esta música?
-      No mucho. - Contesté
-      ¿Qué prefieres?
-      El Rock…americano, a ser posible.
-      Yo el Reggae.
-      No me lo creo.
-      ¿Por qué? – Preguntó como ofendida.
-      No tienes pinta.
-      No te dejes llevar por las apariencias.
-      Es verdad. Tienes toda la razón.
-      ¿Qué canción le pondrías a este momento?
-      Que pregunta más rara. Dejame que piense. – Hice una pausa. – Wonderful tonight.
-      No la conozco.
-      Dice – garraspeé para hacerme el interesante. – Disculpa mí ingles. Canté:

It's late in the evening; she's wondering what clothes to wear.
She puts on her make-up and brushes her long blonde hair.
And then she asks me, "Do I look all right?"
And I say, "Yes, you look wonderful tonight."

We go to a party and everyone turns to see
This beautiful lady that's walking around with me.
And then she asks me, "Do you feel all right?"
And I say, "Yes, I feel wonderful tonight."

Canté porque iba borracho. En un estado normal no habría tenido la poca vergüenza de asesinar a esa maravillosa canción. Ella continúo:
-      Muy bonita. – Sonrió cariñosamente. – Aunque he de decir que cantas fatal. – Rió.
-      Si lo sé.- Reí.
-      Se te da bien el inglés.
-      Que va, es de tanto escucharla. ¿A ti?
-      Soy americana.
-      No tienes acento.
-      Siempre he vivido aquí pero viajo mucho allí.
-      ¿De qué parte eres?
-      De Nueva York. Hace un par de semanas volé para allá. Me fui un jueves y volví un domingo.
-      ¡Yo también fui! – Contesté sorprendido.
-      ¿Te gusto?
-      Ya había estado. Tiene algo...- Me quedé dubitativo.
-      Las ciudades de verdad lo tienen. Madrid también tiene algo.
-      Te tiene a ti. – La dije con la mejor de mis sonrisas que ella me devolvió con la mejor de las suyas. - Tienes una sonrisa muy bonita, deberías hacerlo más a menudo.
-      Gracias.
Se para al lado de una moto y antes de dejarla despedirse la beso. Ella me besa. 
-      ¿Te puedes ir a casa o podemos subir a ese hotel? – Pregunté. Las indirectas no van conmigo.
-      No va a tener habitaciones. – Contestó ella.
-      ¡Claro que sí!
-      ¿Cómo lo sabes?
-      Porque el mundo a mí, esta noche, no me defrauda.

-      Buenas noches. – Saludo al recepcionista. – ¿Tiene alguna habitación?
-      Acaban de cancelar una reserva. Tenemos una suite a muy buen precio.
-      Esa es la que yo quiero. Dénosla.
Pagamos y subimos. Abrí la puerta de la habitación y nada más entrar ella se abalanzó sobre mí. La apoyé en la puerta del armario y comencé a besarla, pasé de la boca al cuello. Me aparto. Sonrió. Se acerco a mí oreja y susurro: Ponme una copa.
Salió a la terraza mientras yo buscaba en el mini bar.
-      ¿Qué bebes? -Pregunté
-      Whisky con Limón. – Respondió una voz desde el balcón.
Me preparé otra copa y salí.
-      ¡Oh! Zumo de naranja. Chico sano. – Exclamó ella.
-      Lleva vodka. – Sonrío. – Que bonita sonrisa tienes.
-      Tu también. – Me miró un segundo en el que todo se paró y me quitó la copa de las manos. - No deberías beber más, cuando el recepcionista te ha pedido el DNI le has dado la tarjeta de la Seguridad Social.
-      Perdona, tú te has dejado tus llaves en el bar.
-      ¿Cómo? –Preguntó preocupada.
-      Las tengo yo. – La saque del bolsillo, se las enseñé y las lance dentro del cuarto. Fue a entrar pero la corté el paso. Nuestras caras se acercaron. Podía sentir su respiración. Me besó.
Conseguí escapar de su boca a través de su cuello mientras mis manos se extendían acariciando cada centímetro de su relieve. La desabroché el vestido, se lo quité e hice lo mismo con el sujetador. Ella me desabrocho la camisa. Mi lengua llegó a sus pezones. Duros. Afilados. Excitantes. Excitados. Baje con mi boca desde el centro de su pecho. Su vientre, plano, de piel suave, era una dulce frontera antes de llegar a mi destino.
Ella, con las manos apoyadas en el balcón empezó a gemir como si fuera un auténtico animal mientras mi lengua estimulaba su sexo por fuera y mis dedos lo hacían por dentro. Seguí apasionadamente hasta que sus piernas comenzaron a fallar. Tiró de mi pelo y me invito a entrar.
Me tumbó en la cama, me desnudó y se introdujo mi miembro en su boca. Después de hacerme sentir, por fin, un placer que me hiciera perder la cabeza, me empujó hacia atrás, se colocó encima de mí y oí gemir a una mujer como nunca lo había oído. Eso me hizo eyacular como nunca había eyaculado. Nos miramos y, tras una sonrisa picarona suya, repetimos una vez más. Después caímos dormidos.

Abrí los ojos y aún estaba abrazándola. Era de noche y la habitación se iluminaba por la luz que entraba desde la calle. Me levanté y me dejé caer en un sillón de espaldas al balcón. Un solitario suspiro de aire levanto las sábanas blancas y la destapó. Ella, aún desnuda, abrazó la dulce tela y se giró. Estaba apoyada en su lado izquierdo. De abajo hacia arriba, podía verle parte del culo, la espalda y esa magnífica melena rubia.
Es una pena que ni el mejor orador del mundo, ni por supuesto un ignorante como yo, fuera capaz de hacer llegar cada detalle de la escena. La luz era débil y lejana. La habitación estaba casi vacía. La sábana la acariciaba con delicadeza. Ella, el centro de todo, dormía tranquila haciendo de todo el mundo algo más bello.
Me acerqué a la mesilla y desenchufe el reloj que violaba mi calma. Me senté y dejé que una paz que no había sentido nunca ocupara la habitación.
Lo mismo creéis que se me fue demasiado la cabeza pero nunca me sentí como aquel día. Consideré que la vida me había dado algo excesivamente bueno, algo que yo no merecía. Así que desde entonces hasta hoy he vivido solo para los demás. No la he vuelto a ver. Espero que cuando la vida venga a arreglarme cuentas me diga que yo sí lo merecía.

viernes, 13 de mayo de 2011

El Ojo y La Muerte

Tú no eres el mismo de hace un segundo


El Ojo y la Muerte

         Encerrado entre cuatro paredes grises espero la muerte. Alguien que se cree Dios así lo ha decidido y aquí me encuentro yo, moviéndome de un lado para otro como un pobre pájaro enjaulado.
         Hablo una vez más al ojo de la esquina. Sé qué tras ese cristal circular, oscuro, se esconde el mundo entero. Lloro y le suplico. Le hablo como otras tantas veces lo he hecho. Pero como siempre no contesta. Solo mis ojos azules reflejados en él me responden, llenos de lágrimas.
         La puerta de mis espaldas se abre y dos hombres me llevan. Me intento resistir, pero me golpean. Mi furia puede más que su falta de humanidad, mi derecho a tomar la última gran decisión de mi vida es mas fuerte que sus obligaciones sociales.


Me alejan de esas cuatro paredes entre las que ha estado encerrada mi alma durante casi quince eternos años. Esas paredes grises, toscas, a las que he decorado con mis sentimientos y que poco a poco se han convertido en mi triste hogar.
         Falta poco para mi deshonroso final. Deshonroso para mí, para la humanidad y hasta para mis verdugos. Es macabra la idea creerse con la potestad para quitar la vida a un ser vivo. No me han hecho falta veinticinco años aquí dentro  para darme cuento de ello. En el segundo posterior a lo que me llevo aquí ya me di cuenta. Esto es un ejemplo para el resto y el yo de hoy pagará por el yo de hace tanto tiempo.
         Han venido aquellos que sí viven más allá del ojo. Han venido rápido porque el ojo ya no ve. Sus cristales en mis venas cumplen mi última voluntad. Yo he decidido mi muerte.
         Muero en mi hogar, entre mis paredes, frente al ojo…que ya no ve.

martes, 1 de febrero de 2011

Dos Aves Tocadas

La amistad tiene plumas


Dos Aves Tocadas

En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos.* Oceanía es un bar cerca del metro de Peñagrande en el que borrachos, trasnochados y gentes dedicadas a oscuros trajines llenan la barra. Por allí caminan, sobre esa arena de colillas, esos dos hombres de corazón hundido, como ave herida, hasta la barra en busca de algún trago que les haga olvidar.
Hace semanas que sus almas no cogen el vuelo, el uno por solitario y el otro por herido. Un día y otro hacen lo propio para encontrar lo justo e ir una noche y otra a privar. Amanece siempre con resaca y la luna siempre los saluda entre humo y alcohol.
-      Le voy a matar. – Dice el herido.
-      ¿Qué coño dices? – Contesta el otro, tras apoyar la jarra sobre el mostrador.
-      Le voy a quemar. – Insiste herido.
-      ¿Te vas a joder más?
-      Me la suda.
-      Anda, vamos a dar un paseo. – Saca la cartera y paga.


Abandonan Oceanía sin rumbo exacto, borrachos, con paso lento, incapaces de volar. Arrastrando su pusilánime existencia llegan a un rincón oscuro, rodeado de arboles, donde las aves ya están durmiendo.
-      Le pienso joder. – Continúa herido mientras su acompañante se quita el abrigo, la sudadera y la camiseta.
-      Yo también me la he follado. –Dice solitario.
-      No digas gilipolleces. – Herido no da lugar a la duda en su cabeza.
-      Si me la he follado. – Solitario bebe un poco de la botella de cerveza y le agarra fuerte con las alas la cabeza. - ¡Me la he follado!
-      No me jodas. – Dice Herido.
-      ¡Vamos! – Solitario le golpea. – ¡Desahógate!
-      ¡Cállate! – Grita herido
-       ¡He sido yo! – Dice Solitario. – ¡Imagina que he sido yo! – La voz retumba en todos los nidos.
Los golpes caen como lluvia sobre las rocas y el cuerpo de solitario se tambalea. Le gustaría quedarse pero su cuerpo solo sabe huir. Ante la furia de de herido le agarra del cuello hasta que cae de rodillas, luego le libera y es que los cormoranes pueden llorar. Las lágrimas, de uno por el otro, del otro por el uno y por si mismo, mojan las rocas del desfiladero de la vida, teñidas de blanco por las heces.
-      No te quiero hacer daño. – solloza herido. – Me ha jodido, tío. Me ha jodido y yo no le he hecho nada. ¿Por qué?
Ante tan dura pregunta solo contesta el ruido impío de algunos pájaros que siguen cosechando sus nidos ajenos a las aves de ala rota. Ellas se visten y vuelven a hundir sus patas en el alcohol.




* Frase extraída del cuento "El Valor" de Ángel Zapata

viernes, 1 de octubre de 2010

Los pies sucios

El ideal se puede romper
Los pies sucios
La chica rubia tiene los pies sucios. Los tiene sucios por que anda descalza por el puerto de un lado para otro; siempre con su bañador de chico y esa camiseta de propaganda de la escuela de buceo.
         Yo me solía sentar a tomar el café en el bar de la esquina, una de esas cafeterías con sillas de plástico y sombrillas roídas. Me sentaba allí a ver los barcos entrar y salir del puerto y como de vez en cuando, una furgoneta cargaba unas botellas, a unos submarinistas y se iba. La chica rubia de vez en cuando me miraba y al poco, nos acabamos saludando.
         Ella siempre se sentaba en una de estas sillas, rojas, con el color comido por el sol y apoyaba los pies en la mesa. Su rostro siempre mostraba cansancio a eso de la media tarde. Un cansancio de esos que se pueden llevar y que gusta llevar, el cansancio producido por una actividad que te agrada.
         Cierto día me senté a hablar con ella. Cogí mi café y una silla y me coloqué a su lado. Ella se incorporó, recogió sus pies de la mesa y me regaló una sonrisa como mostrándome el agrado de mi compañía.
         La chica rubia de los pies sucios era de Liverpool y trabajaba en verano en Fuengirola, como monitora de submarinismo, hablaba un español pésimo y se solía proteger los ojos de los rayos del sol con unas enormes gafas negras.
         Así hablamos, un día y otro, y poco a poco me fue agradando más su compañía hasta que un día la vi con chanclas. Ya no era la chica rubia de los pies sucios ahora era la chica rubia…nada más. Así que me levanté de la mesa, la di un par de besos y me fui al café de la plaza, donde los chicos juegan a la pelota.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cosas Pesadas

Juega




Cosas Pesadas

     Llegó en el vuelo de la una y media. Subió al coche y comió lo más rápido que pudo. Se detuvo un segundo, en su cuarto, a leer todos los email que él la había enviado. Mientras el ordenador se encendía aprovecho para mirar todos esos mensajes en su móvil que ya había memorizado. Quería verle. Caer en sus brazos. Besar sus besos.


     Fue al baño y se miro en el espejo. Se hizo la coleta, que una vez, en una tonta conversación, el tanto había alabado. Se pintó las rayas de los ojos por que sabía que le encantaba.


     El tren llegó al andén a la vez que ella. El mundo estaba de su parte, pensó. Salió y corrió a su portal. Le vio salir. Con esa melena negra. Con ese cuerpo alto. Recto.


- ¡Hola! – Gritó ella ilusionada a la vez que le abrazaba.


- Hola. – Contestó él.


- Vamos a dar una vuelta.


- Carmen, he quedado.


- Ah. – Su voz se ahogo en el mismo pozo en el que se hundía sus ilusiones y del que salían sus miedos.


- He quedado con una amiga.


- Dijiste que me esperarías.


- No contestaste nunca.


- Lo se…Lo siento. – Las lágrimas asomaban a sus ojos. – Dijiste que no eras como los demás, que podías esperar.- Se hizo un silencio – No eres el soñador que me habías vendido. – Contestó medio reproche medio desesperación.


- Tú no eras un sueño, eras un amor. Puedo con el fracaso de los sueños pero no con el peso del amor. Soy solo…Soy solo.


     Ella se dio la vuelta con los ojos guardando mares, sin saber que él, anuló su cita, subió a casa y se escondió en una esquina del cuarto y rompió a llorar.

martes, 31 de agosto de 2010

Chronos

Este segundo nunca lo vas a recuperar





Chronos

     Un “papá” de la boca de mi hijo me sacó de la abstracción en la que me encontraba. Incline el recipiente que sostenía entre mis manos y las cenizas más pesadas cayeron al Támesis mientras que las más ligeras volaron sobre sus aguas.


     La luz de la ciudad, sus colores, sus formas eran las que mismas que siempre la había enamorado. Ahora estaba solo. Mi compañera, mi amor, se había muerto y yo lo único que podía hacer por ella era cumplir su última voluntad, verter sus cenizas en ese sitio.


- Iros por favor. – pronuncie entre balbuceos.


Allí me quedé solo, con la ciudad, el río y su recuerdo. Tanto me dolía que no era capaz de moverme. Mi amor estaba por allí disuelto y mis lágrimas poco a poco fueron nublando mi vista. Un cáncer la había alejado de mí demasiado joven. Me fui desesperando y llenando de rabia. Me di la vuelta y me golpee la cabeza contra la pared de piedra oscura, una y otra vez, hasta caer inconsciente.


- ¿Qué haces? – Todo era claro e infinito. Estas palabras, pronunciando por unos labios gruesos, rodeados por una densa barba blanca, me hicieron girarme.

- ¿Quién eres?


- ¿Quién eres tú?


- Yo soy un hombre solo.


- Yo soy Chronos.

- ¿Chronos?

- El dios del tiempo. ¿Qué haces aquí?

- No lo sé muy bien. Hace un segundo estaba golpeándome contra una pared.


- ¿Un segundo? Un segundo no es nada.

- ¿No?

- Un segundo es solo como medís, los humanos, una variación lineal en el tiempo en una única dirección. Yo puedo ir y volver.

- Quiero volver junto a ella.

- ¿Junto a…?

- Mi mujer. Volver atrás. Quiero estar junto a ella una vez más.


- No puedes. No puedes ir para atrás. Eres solo un hombre.

- ¿Y? Me acuerdo de cuando mi abuelo me dio mi primer reloj. Los adoquines del patio eran rojos y blancos y en la puerta del portal, con un traje elegante, como siempre iba, me tendió aquella caja. Yo la abrí con sorpresa. Allí estaba él, el tiempo, marcado por una aguja azul y otra negra. Le di las gracias y no me plateé nada más allá del objeto que me daba. Ahora soy prisionero de su adoración. No puedo escapar a la adoración de los relojes y a lo que nos atan. Continuamente moviéndose y marcando la vida de la humanidad. Mi mujer falleció a las cuatro y cuarto de la madrugada, mi hijo nació a las tres y veintitrés del medio día y el naranjo que hay frente a la puerta de mi casa lo planté una tarde a las siete y cincuenta y dos. Continuamente miramos el tiempo. Todos. Él que no lo hace vive perdido igual un naufrago flotando en el inmenso océano o desperdiciando su existencia como un animal, siempre tumbado. ¡Chronos, eres tan cruel!


- ¿Cruel? ¿Yo?


- Si. Este segundo nunca lo voy a volver a sentir. El tiempo es lo único que el hombre no puede recuperar. ¿Para qué tenemos relojes?


- Vosotros los hicisteis.


- Para sufrir. Para agobiarnos y vivir corriendo viendo como lo más importante se nos cae de los bolsillos. Eres cruel.


- No. – Sonrió – Soy el único Dios justo. El tiempo es lo único que tiene cada individuo por igual, todos tenéis veinticuatro horas. La forma en la que disponéis de ellas ya no está bajo mi poder. Tú quieres estar por encima del resto eso es injusto.


- Sí. – Ríe.- Pero lo quiero.


- Eres tan engreído que te voy a dar una oportunidad. Volverás a verla, si es lo que quieres, una última noche, a cambio del resto de tus días. ¿Aceptas?