martes, 31 de agosto de 2010

Chronos

Este segundo nunca lo vas a recuperar





Chronos

     Un “papá” de la boca de mi hijo me sacó de la abstracción en la que me encontraba. Incline el recipiente que sostenía entre mis manos y las cenizas más pesadas cayeron al Támesis mientras que las más ligeras volaron sobre sus aguas.


     La luz de la ciudad, sus colores, sus formas eran las que mismas que siempre la había enamorado. Ahora estaba solo. Mi compañera, mi amor, se había muerto y yo lo único que podía hacer por ella era cumplir su última voluntad, verter sus cenizas en ese sitio.


- Iros por favor. – pronuncie entre balbuceos.


Allí me quedé solo, con la ciudad, el río y su recuerdo. Tanto me dolía que no era capaz de moverme. Mi amor estaba por allí disuelto y mis lágrimas poco a poco fueron nublando mi vista. Un cáncer la había alejado de mí demasiado joven. Me fui desesperando y llenando de rabia. Me di la vuelta y me golpee la cabeza contra la pared de piedra oscura, una y otra vez, hasta caer inconsciente.


- ¿Qué haces? – Todo era claro e infinito. Estas palabras, pronunciando por unos labios gruesos, rodeados por una densa barba blanca, me hicieron girarme.

- ¿Quién eres?


- ¿Quién eres tú?


- Yo soy un hombre solo.


- Yo soy Chronos.

- ¿Chronos?

- El dios del tiempo. ¿Qué haces aquí?

- No lo sé muy bien. Hace un segundo estaba golpeándome contra una pared.


- ¿Un segundo? Un segundo no es nada.

- ¿No?

- Un segundo es solo como medís, los humanos, una variación lineal en el tiempo en una única dirección. Yo puedo ir y volver.

- Quiero volver junto a ella.

- ¿Junto a…?

- Mi mujer. Volver atrás. Quiero estar junto a ella una vez más.


- No puedes. No puedes ir para atrás. Eres solo un hombre.

- ¿Y? Me acuerdo de cuando mi abuelo me dio mi primer reloj. Los adoquines del patio eran rojos y blancos y en la puerta del portal, con un traje elegante, como siempre iba, me tendió aquella caja. Yo la abrí con sorpresa. Allí estaba él, el tiempo, marcado por una aguja azul y otra negra. Le di las gracias y no me plateé nada más allá del objeto que me daba. Ahora soy prisionero de su adoración. No puedo escapar a la adoración de los relojes y a lo que nos atan. Continuamente moviéndose y marcando la vida de la humanidad. Mi mujer falleció a las cuatro y cuarto de la madrugada, mi hijo nació a las tres y veintitrés del medio día y el naranjo que hay frente a la puerta de mi casa lo planté una tarde a las siete y cincuenta y dos. Continuamente miramos el tiempo. Todos. Él que no lo hace vive perdido igual un naufrago flotando en el inmenso océano o desperdiciando su existencia como un animal, siempre tumbado. ¡Chronos, eres tan cruel!


- ¿Cruel? ¿Yo?


- Si. Este segundo nunca lo voy a volver a sentir. El tiempo es lo único que el hombre no puede recuperar. ¿Para qué tenemos relojes?


- Vosotros los hicisteis.


- Para sufrir. Para agobiarnos y vivir corriendo viendo como lo más importante se nos cae de los bolsillos. Eres cruel.


- No. – Sonrió – Soy el único Dios justo. El tiempo es lo único que tiene cada individuo por igual, todos tenéis veinticuatro horas. La forma en la que disponéis de ellas ya no está bajo mi poder. Tú quieres estar por encima del resto eso es injusto.


- Sí. – Ríe.- Pero lo quiero.


- Eres tan engreído que te voy a dar una oportunidad. Volverás a verla, si es lo que quieres, una última noche, a cambio del resto de tus días. ¿Aceptas?



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