martes, 31 de mayo de 2011

Casandra

Da, recoge y no pidas



Casandra

         Antes de empezar quiero advertirles: esta historia no se desarrolla en ninguna ciudad exótica, ni habla de la capa del César, de la espada del Cid o del urinario mágico de Oscar Wilde; ni siquiera habla del último vete tú a saber qué. Siempre me ha costado entender porqué la gente pierde su tiempo con estas cosas, si en ciudades reales, a la vuelta de su esquina, en el día a día de miles de personas corrientes, ocurren cosas que sí son dignas de ser escritas. Esta historia comienza en una ciudad tan corriente como Madrid en una noche tan corriente como cualquiera.



Soy una persona que no debería haber nacido, o al menos no en este mundo. Si me aprietas te diré, quizá, es que no he nacido para disfrutar de los placeres más básicos de la vida. No tengo muy desarrollados los sentidos del gusto y del olfato, como poco, por hambre y sin placer; mis ojos necesitaban gafas, aunque siempre uso lentillas; y pese a que oigo, no suelo prestar atención. En raras ocasiones disfruto plenamente del sexo y me suelo perder en la parafernalia social que lo precede.
Una interiorización excesiva de las letras de rock español han terminado de explotar mi lado más depresivo y mi tendencia al alcoholismo. Con solo unos veinte años de edad carezco ya de una esperanza de vida normal, dada mi fea y gustosa costumbre de beber y producir benceno con los cigarrillos.
Esta es solo mi historia, una cualquiera. Las habrá mejores, mas interesantes o más atractivas pero esta es la mía y es la que os cuento. Lo cuento porqué cambié.
He de confesar que el vodka y la marihuana se habían encontrado en mí cerebro y paseaba yo abrazado a la luna. En alguna calle de Malasaña alguien atrajo mí atención, una chica.
Era rubia, delgada y guapa. Las he visto más guapas aún, pero ella tenía algo especial que me atraía solo a mí, un algo desconocido mezcla de elegancia y de la clase.
Me obligué a presentarme con el único fin de conocer su voz. La saludé con la escusa de pedirle fuego para el cigarrillo que sostenía entre mis labios. Nos presentamos y mantuvimos una aparente trivial conversación. Su voz no hizo otra cosa que aumentar mí interés por ella, en su forma de actuar, de ver de pensar. Me cuesta expresar todo lo que me trasmitió. El tono era melodioso, su gestos divertidos y parecía que pudiera ser de esa poca gente que escapa del rutinario aparentar que la sociedad inculca.


         Me despedí y no volví a pensar en ella. Pasé una gran noche y me caí en el sueño mientras todo mí alrededor se movía.
         Pasaron un par de días, más o menos, hasta que ella se apareció en mis sueños. Al principio solo fue de pasada, con el tiempo su presencia se hacía cada vez más frecuente y cobraba mayor protagonismo. Pronto los sueños se convirtieron en insomnio y su recuerdo volaba alrededor de mí cabeza.
         La situación me preocupaba. Venden tanto por la televisión eso de que cualquiera puede ser un conductor agresivo, un maltratador o un miembro de Al-Qaeda, que pensé que quizá fuera yo un obseso perturbado necesitado de tratamiento.
         Decidí hacer un viaje para ver si me despejaba. Conseguí un vuelo a Nueva York para ese mismo fin de semana. Salía el jueves y volvía el domingo. Ya había estado allí en otras ocasiones y este solo fue un viaje para sentirme lejos. No tenía ni la presión de mi vida en Madrid, ni la obsesión del turista estándar de verlo todo y no sentir nada.
         Lo cierto es que el viaje surtió efecto, ya en el avión dormí seis horas. Quizá no sean muchas para alguien normal pero para el insomne en que me había convertido y estando en un avión eran todo un logro.
         No me metí prisa, ni me planteé objetivos excepto vivir solo. Parecerá extraño pero excepto algún choque en el hombro al caminar y lo necesario para comer, no hable con nadie en una ciudad de ocho millones y medio de personas. De hecho, hubo momentos en los que me hice pasar por mudo y simplemente señalaba el plato que quería en la carta.
         No obstante, está paz fue pasajera. A los pocos días de volver ella se metió de nuevo en mi relación con Morfeo. Una semana más tarde me volvió el insomnio.
         Llegado el momento, me cansé y abandoné mi lucha por el sueño. Decidí salir de fiesta. Fui a casa de un amigo en la zona de Plaza de España. Algunos bebieron un poco, yo, como siempre, en exceso. A eso de las dos, entramos en una discoteca de allí cerca. No es que estos sitios levanten mis pasiones pero me gustan muy de vez en cuando.
         Llevaba ya un rato en el local cuando me pareció ver un melena familiar. El corazón automáticamente se me contrajo. Me fije más detenidamente en esa chica, de espaldas, de pelo rubio. Ella giró la cabeza para hablar con alguien que había a su lado y la pude ver de perfil. No cabía duda: era ella.
Me acobardé. ¿Era realidad? Barajeé la posibilidad de ir corriendo a ver si la podía atravesar. Yo, que no tenía miedo de nadie, sentía como mis rodillas temblaban al verla. Me hubiera gustado que el mundo se hubiera parado unos segundos para poder respirar hondo y pensar, pero una enorme fuerza me obligo a ir donde ella bailaba.
Se dirigió hacía la barra y yo me coloqué a su lado. La saludé, me sonrió y estuvimos hablando un rato. Cuando se terminó la copa, me dijo que tenía que irse y yo la acompañe. Me despedí de mis amigos y salí con ella.
Subíamos la Gran Vía cuando me dijo:
-      Gracias por acompañarme.
-      De nada. Yo también me iba a ir. Estos sitios me agobian: el calor, la gente, la música tan alta…
-      ¿No te gusta esta música?
-      No mucho. - Contesté
-      ¿Qué prefieres?
-      El Rock…americano, a ser posible.
-      Yo el Reggae.
-      No me lo creo.
-      ¿Por qué? – Preguntó como ofendida.
-      No tienes pinta.
-      No te dejes llevar por las apariencias.
-      Es verdad. Tienes toda la razón.
-      ¿Qué canción le pondrías a este momento?
-      Que pregunta más rara. Dejame que piense. – Hice una pausa. – Wonderful tonight.
-      No la conozco.
-      Dice – garraspeé para hacerme el interesante. – Disculpa mí ingles. Canté:

It's late in the evening; she's wondering what clothes to wear.
She puts on her make-up and brushes her long blonde hair.
And then she asks me, "Do I look all right?"
And I say, "Yes, you look wonderful tonight."

We go to a party and everyone turns to see
This beautiful lady that's walking around with me.
And then she asks me, "Do you feel all right?"
And I say, "Yes, I feel wonderful tonight."

Canté porque iba borracho. En un estado normal no habría tenido la poca vergüenza de asesinar a esa maravillosa canción. Ella continúo:
-      Muy bonita. – Sonrió cariñosamente. – Aunque he de decir que cantas fatal. – Rió.
-      Si lo sé.- Reí.
-      Se te da bien el inglés.
-      Que va, es de tanto escucharla. ¿A ti?
-      Soy americana.
-      No tienes acento.
-      Siempre he vivido aquí pero viajo mucho allí.
-      ¿De qué parte eres?
-      De Nueva York. Hace un par de semanas volé para allá. Me fui un jueves y volví un domingo.
-      ¡Yo también fui! – Contesté sorprendido.
-      ¿Te gusto?
-      Ya había estado. Tiene algo...- Me quedé dubitativo.
-      Las ciudades de verdad lo tienen. Madrid también tiene algo.
-      Te tiene a ti. – La dije con la mejor de mis sonrisas que ella me devolvió con la mejor de las suyas. - Tienes una sonrisa muy bonita, deberías hacerlo más a menudo.
-      Gracias.
Se para al lado de una moto y antes de dejarla despedirse la beso. Ella me besa. 
-      ¿Te puedes ir a casa o podemos subir a ese hotel? – Pregunté. Las indirectas no van conmigo.
-      No va a tener habitaciones. – Contestó ella.
-      ¡Claro que sí!
-      ¿Cómo lo sabes?
-      Porque el mundo a mí, esta noche, no me defrauda.

-      Buenas noches. – Saludo al recepcionista. – ¿Tiene alguna habitación?
-      Acaban de cancelar una reserva. Tenemos una suite a muy buen precio.
-      Esa es la que yo quiero. Dénosla.
Pagamos y subimos. Abrí la puerta de la habitación y nada más entrar ella se abalanzó sobre mí. La apoyé en la puerta del armario y comencé a besarla, pasé de la boca al cuello. Me aparto. Sonrió. Se acerco a mí oreja y susurro: Ponme una copa.
Salió a la terraza mientras yo buscaba en el mini bar.
-      ¿Qué bebes? -Pregunté
-      Whisky con Limón. – Respondió una voz desde el balcón.
Me preparé otra copa y salí.
-      ¡Oh! Zumo de naranja. Chico sano. – Exclamó ella.
-      Lleva vodka. – Sonrío. – Que bonita sonrisa tienes.
-      Tu también. – Me miró un segundo en el que todo se paró y me quitó la copa de las manos. - No deberías beber más, cuando el recepcionista te ha pedido el DNI le has dado la tarjeta de la Seguridad Social.
-      Perdona, tú te has dejado tus llaves en el bar.
-      ¿Cómo? –Preguntó preocupada.
-      Las tengo yo. – La saque del bolsillo, se las enseñé y las lance dentro del cuarto. Fue a entrar pero la corté el paso. Nuestras caras se acercaron. Podía sentir su respiración. Me besó.
Conseguí escapar de su boca a través de su cuello mientras mis manos se extendían acariciando cada centímetro de su relieve. La desabroché el vestido, se lo quité e hice lo mismo con el sujetador. Ella me desabrocho la camisa. Mi lengua llegó a sus pezones. Duros. Afilados. Excitantes. Excitados. Baje con mi boca desde el centro de su pecho. Su vientre, plano, de piel suave, era una dulce frontera antes de llegar a mi destino.
Ella, con las manos apoyadas en el balcón empezó a gemir como si fuera un auténtico animal mientras mi lengua estimulaba su sexo por fuera y mis dedos lo hacían por dentro. Seguí apasionadamente hasta que sus piernas comenzaron a fallar. Tiró de mi pelo y me invito a entrar.
Me tumbó en la cama, me desnudó y se introdujo mi miembro en su boca. Después de hacerme sentir, por fin, un placer que me hiciera perder la cabeza, me empujó hacia atrás, se colocó encima de mí y oí gemir a una mujer como nunca lo había oído. Eso me hizo eyacular como nunca había eyaculado. Nos miramos y, tras una sonrisa picarona suya, repetimos una vez más. Después caímos dormidos.

Abrí los ojos y aún estaba abrazándola. Era de noche y la habitación se iluminaba por la luz que entraba desde la calle. Me levanté y me dejé caer en un sillón de espaldas al balcón. Un solitario suspiro de aire levanto las sábanas blancas y la destapó. Ella, aún desnuda, abrazó la dulce tela y se giró. Estaba apoyada en su lado izquierdo. De abajo hacia arriba, podía verle parte del culo, la espalda y esa magnífica melena rubia.
Es una pena que ni el mejor orador del mundo, ni por supuesto un ignorante como yo, fuera capaz de hacer llegar cada detalle de la escena. La luz era débil y lejana. La habitación estaba casi vacía. La sábana la acariciaba con delicadeza. Ella, el centro de todo, dormía tranquila haciendo de todo el mundo algo más bello.
Me acerqué a la mesilla y desenchufe el reloj que violaba mi calma. Me senté y dejé que una paz que no había sentido nunca ocupara la habitación.
Lo mismo creéis que se me fue demasiado la cabeza pero nunca me sentí como aquel día. Consideré que la vida me había dado algo excesivamente bueno, algo que yo no merecía. Así que desde entonces hasta hoy he vivido solo para los demás. No la he vuelto a ver. Espero que cuando la vida venga a arreglarme cuentas me diga que yo sí lo merecía.

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