jueves, 18 de octubre de 2012

¿Donde marca el viento?




¿Donde marca el viento?

         El portazo fuerte, de la salida rencorosa de Beatriz, enfadada por no acompañarla con unos amigos remilgados, puso en acción su cuerpo. Sacó el paquete de cigarrillos que escondía detrás del retrete, la botella del bourbon de la caja de herramientas y se sentó en el minúsculo jardín de la parte trasera. Se tumbó en una hamaca de madera, abrió el albornoz y allí, en calzoncillos blancos y calcetines grises, miró el tejado de la casa.
         Ya no se atrevía a subir al tejado escalando por la fachada. Podía pedirle la escalera a Luis, el vecino del Chalet B, sacar la atornilladora y plantar en lo alto de su tejado la veleta con forma de galló, esa que compró hará seis años y que ahora se escondía entre fotos y posters de su juventud grunge, prisioneros por no casar con la decoración minimalista de la casa.
         ¿Y si la ponía? Beatriz ni se fijaría, solo la vería el vecino del Chalet D. Podría enfadarse. Ya le hicieron cambiar los toldos a Luis por ponerlos de un verde personal y no del naranja despótico de la urbanización. Podría protestar, y entonces “Bea” se enteraría, y miraría el tejado, y también se enfadaría.
         Se rellenó la copa. Alzó la botella  y la miro con esfuerzo, como si le pesara ver el cristal vacío. Se levantó y revolvió entre las ollas. Allí guardaba algo más de bourbon. Se relleno el vaso. Degustó la forma con la que el líquido caía. No llegó a pedirle hielos al frigorífico gigante. Se marchó. Se fue a casa a de Luis y le pidió la escalera.
         Volvió a tumbarse en la hamaca, con la copa en una mano y el cigarrillo en otra. La escalera, ahora apoyada en la fachada, le invitaba a cometer una locura. A “Bea” no le iba a gustar. También era su casa, pensó. Tenían que haberse ido a las montañas, lejos de la ciudad, con varias decenas de metros y una muralla de pinos que le separase del vecino más cercano.
         Apuró el vaso y, con el cigarrillo entre los labios, dejó caer el albornoz. Empuñando una atornilladora en la mano derecha y una veleta en la izquierda, subió al tejado. Sin miedo, sin vacilación, ebrio de una excitación juvenil olvidada, de una libertad que había descuidado, clavó allí ese gallo de hierro.
         Cuando llegó Beatriz, él estaba leyendo en la hamaca, en calzoncillos blancos y calcetines grises. La botella estaba abierta en el suelo. No le dolía ver el bourbon caer en el falso césped. Levantó con cuidado la esquina superior derecha de la página, arrastro con delicadeza el dedo por la hoja, como si fuera una piel dulce, y la giró cuando terminó el último renglón.
-     
- -    -      ¿Has puesto el puto gallo ese de mierda?

Levantó la cabeza, la miró, entre pena y desprecio, y la pidió el divorcio.
         

viernes, 17 de agosto de 2012

Entre la Puerta y la Pared





Entre la Puerta y la Pared

         Me llamaron a eso de las siete, que fuera a casa de David, que no había prisa pero que fuera, que teníamos que hablar de algo. Ya no lo recuerdo. Era alguna estupidez. Me masturbé, me duché y fui.
         Cuando llegue estaban allí David y Héctor, sentados en la terraza, en unas sillas de esas de varillas blancas y con telas de estampados cutres, herencia nefasta del gusto pésimo de la década pasada.
         Héctor gesticula de manera ostentosa, me fije, por casualidad, en su brazo. Ya no era el chico flacucho y enclenque del instituto. Nunca entendí porque David se llevaba bien con él, porqué no le robaba y maltrataba como hacía con otros.
La hermana de David, Lucía, estaba en el salón. Acababa de subir de la piscina. Se notaba el olor a cloro de su piel y la humedad de su bikini. La miré de arriba abajo, analizándola con detenimiento. Nunca he podido entender porque a Héctor le atraía tanto. Yo la veía excesivamente delgada, como una espiga; parecía endeble, que se fuera a romper.
-      Hola, “Miki”. – Se levantó y me besó en la mejilla.
Conteste de forma escueta y salí fuera. A beber cerveza en lata de marca Aurum y fumar tabaco Ámsterdam. Hablamos de lo que teníamos que hablar. No os puedo contar sobre qué, porque como ya os he dicho: no lo recuerdo.
No tardo mucho en aparecer. Arreglada. Bien peinada. Oliendo a alguna colonia cara que no supe reconocer. Por instinto mire a Héctor y por curiosidad morbosa, un segundo  después, mire a David. Los ojos de Héctor se notaron impresionados, cortados, tímidos; los de David, nerviosos, cortantes, agresivos; intentado acabar con esa situación lo antes posible.
Se hizo de noche, y Madrid se iluminaba bella en el Agosto agobiante. David colocaba algo de tabaco sobre el papel y Héctor jugueteaba con su mano nerviosa sobre él posa brazos de la silla.
-      Voy al baño. – Dijo.
Yo no le creí. Aunque eso es un sentimiento que reflexioné unos segundos después. Así que me levanté con alguna escusa barata. Pasé de la terraza al salón y fui hacía el baño con la cabeza excesivamente rígida, girando mis ojos de un lado a otro de forma impía.
La puerta del baño estaba abierta y la luz apagada. Un sonido de respiración acelerada y profunda atrajo mi atención hacia uno de los cuartos. Escondido en la seguridad del pasillo espié entre la puerta y la pared. Y le vi. Vi a Héctor con el pantalón medio bajado, acariciándose su miembro mientras restregaba su cara desencajada por las sabanas de Lucía. 

Volví a la terraza y no dije nada. Agarré la lata de cerveza con tranquilidad, inicié una conversación trivial y volví a mirar el cielo. Creo que dentro de tanto desprecio le envidié por conseguir lo que tanto quería.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un día Verde

Verde


Un Día Verde

         Un día verde es cuando te paras una vez más frente al reto de un papel en blanco. Miras a tu alrededor, ves el césped verde, firme, acariciado por los rubios cabellos del Sol, en clara armonía con el magnifico azul del cielo.
         La mesa sobre la que relajadamente reposa la pluma y el papel, ignorantes de los torbellinos de ideas que les acosan desde tu cabeza, es blanca, de hierro fundido, con esplendidas formas. Sobre las sillas, a juego con la mesa, unos cojines a rayas, de distintos tonos de verde, las hacen cómodas y atractivas.
         Las baldosas blancas que sostienen esta burbuja están rodeadas por las copas, llenas de verdor, de encinas, olivos y pinos. Sus hojas acarician con suavidad tú mundo, mecidas por la dulce brisa del tiempo.
         Todo esto ocurre, mientras tú, descalzo, vestido con unos pantalones cortos y una camisa blanca, sigues intentando dar salida a todos los sentimientos e ideas verdes que rugen en tu mente, tormentas que solo descargarán alguna gotas.
         Te enciendes un cigarro aliñado con marihuana. Observas las dulces formas que dibuja el humo al salir de tu boca. Ese color blanco y ese aroma verde, a tranquilidad, se unen a la maravilla que te rodea.
         Llega ella, vestida con un bikini negro, mojada por el agua de la piscina cuyo frescor puedes sentir. Se sienta sobre tus rodillas. ¿Qué haces?, pregunta. No arranco, contestas. Escribe algo en el papel. No lo puedes ver. Te besa, se acerca a tu oído y susurra: Empieza. Se va y ves sus suaves movimientos al caminar, lo sublime que es su cuerpo. Vuelves la vista al papel, pone: Un día verde es…


Foto de Klaudia Castillo Castro

viernes, 21 de octubre de 2011

El Techo y el Pintor

Cámbialo todo



El Techo y el Pintor

Hay un hombre en el suelo de su habitación. La mirada está perdida en ella, en el infinito, se escapa de las cadenas del techo. ¿Qué hará? ¿Dónde estará? ¿Quién la acompañará? ¿Se divertirá? ¿Llorará? No lo sabe, por eso sigue con la mirada en el infinito, en ella. Su cabeza no hace más que esperar hasta el estimulo de felicidad que llegué el próximo día que la vea. ¿La volverá a ver? ¿Desaparecerá?
Sigue con la mirada en el techo. No recuerda de qué color es porque no lo mira. No mira el techo aunque aparentemente estén allí fijos sus ojos. El mira a una chica. A alguien en quien reposar la cabeza y a quien poder abrazar cuando sus ojos se humedezcan. El mira al techo pero no lo ve. Ve una chica de preciosa mirada y dulce caminar.
Enciende un cigarro y el techo sigue ahí. Ojalá estuviera el cielo. Ojalá estuviera ella. El humo decora formas en el aire pero él tampoco las ve porque solo la ve a ella. Ve fotos y recuerdos cortos llenos de personalidad y sonrisas.
El techo le cierra. El techo le imposibilita. No le gusta el techo. Lo quiere dulce, lo quiere verde y brillante, lo quiere lleno de posibilidades y flores, para que la próxima vez que lo mire, el techo no esté allí. Allí, esté ella.
Se incorpora, coge su estuche de pinturas y pinta. Pinta el grito angustiando que sale de su alma abrazado por un par de rosas.
El mira el techo. El techo está ahí y él lo mira. Lo mira porque el techo es otro. Él la mira a ella.